¿Tláhuac o México?

Ugo Pipitone

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1.  Barbarie como escapatoria

El 23 de noviembre pasado, varios habitantes de Tláhuac (Ciudad de México) torturaron a lo largo de horas y finalmente asesinaron y comenzaron a quemar los cuerpos de dos policías que investigaban el narcomenudeo en la zona. Las imágenes de televisión han traumatizado medio país y ahora "barbarie" es la moneda de uso corriente en conversaciones, declaraciones, artículos y demás. Pero, si la barbarie  sobrevive a dieciocho décadas de vida independiente y a siete de nacionalismo revolucionario, no queda sino suponer la intervención de una eficaz nodriza transgeneracional. Llamémosla, por hipótesis, Estado mexicano.

Decir barbarie es una forma de tomar las distancias, como César con los galos, los Han con los mongoles o los mexicas con los purépechas. Una declaración de extraneidad. Aquí, sin embargo, la turba asesina y sus víctimas son la misma gente. Digámoslo así: si a un individuo le sale una llaga purulenta en alguna parte del cuerpo no es sensato llamarla "barbarie". Esa cosa repulsiva salió de mí y hasta que no entienda cómo y por qué, seguirá atacándome en tiempos y con consecuencias impredecibles. No reconocerlo es dejar el campo al acostumbrado circo autoabsolutorio del cantinflismo institucional, una de cuyas expresiones es, en este caso, el secretario de Gobierno del DF, Alejandro Encinas, que se enoja con...la prensa extranjera. 

     Tláhuac es Tláhuac, eso dicen y seguirán diciendo, en virtuosa unanimidad, las instituciones, del presidente Fox a Amlo, del PRI (off course!) a la gran mayoría de diputados, senadores y demás. ¿Cómo entender o prever la "locura" colectiva? El lenguaje puede ser diferente pero la idea es la misma: un accidente que, siendo tal, exime de responsabilidades. Salvo, obviamente, las del adversario político. Con el resultado de una danza institucional alrededor de dos jóvenes policías asesinados mientras sus colegas asistían impávidos. El ciudadano común y corriente se pone a temblar.

Uno entiende que se paralizara la policía capitalina bajo la doctrina de un alcalde post-priísta, Andrés Manuel López Obrador, según el cual "usos y costumbres" son asuntos peliagudos que es mejor mirar a la distancia. Evidentemente el "segundo piso" crea menos broncas y deja más votos. Pero se paralizó también la policía federal. Y viene así la duda: ¿no será Tláhuac, en forma dramática, una síntesis de México en lugar que ser la excepción como casi todo mundo virtuosamente sostiene? Una síntesis de tres de sus rasgos actuales: una sociedad exasperada y recorrida por ira e histeria casi a flor de piel, una absoluta no-credibilidad (ganada a pulso) de las instituciones y, para concluir, una política que pavonea sus miserias a los cuatro vientos. No es mucho, en el fondo, lo que nos separa del México de Un domingo en la Alameda de Diego Rivera.

Decir que Tláhuac es México parece tan descabellado como un balazo en la iglesia y, sin embargo, hasta cuando no se reconozca que así es seguiremos atascados en ese vulgar ballet del asombro que troca las derrotas colectivas en una secuencia inexplicable de accidentes de los cuales, como es obvio, no hay nada que aprender. Ocurre aquí lo que puede ocurrir en cualquier parte. Eso dijo el procurador de Justicia del DF, Bernardo Bátiz, "casos individuales", hace algunos años cuando el visitador de las Naciones Unidas declaró que, por lo menos, la mitad de los jueces de este país eran corruptos. "Casos individuales", esa la opinión de alguien que (incomprensiblemente) pasó décadas en la oposición al PRI. Confucio comparado con el señor procurador de un gobierno capitalino que se dice de izquierda, es Robespierre. Para el opositor llegado al gobierno la pestilencia se vuelve súbitamente imperceptible, casi un aroma.

Otra forma de escapismo es "antropologizar" el asunto y convertir a los tlahuaquenses en muta, horda y similares. Trivialidades que reducen a fatalidad algo que es tan histórico como inmediato. Seamos concretos, si el director de Pemex siente la (digamos) ligereza espiritual para financiar con recursos del Estado las operaciones estéticas de su mujer (y es lo de menos dadas experiencias pasadas y presentes), si los políticos (de todos los colores) se enriquecen impunemente y los policías realizan secuestros (pero, como dijo sabiamente el citado procurador de justicia del DF: fuera de su horario de trabajo), ¿cómo asombrarse que los ciudadanos de cualquier parte del país desempolven lo peor del pasado, lo combinen con lo peor del presente, y quemen vivo a quien sea, uniformado o no? ¿O es que alguien supone que Tláhuac no tiene que ver con esa cultura  de violencia e impunidad que empeora día a día la calidad de la convivencia en este país, a contrapelo de las esperanzas de la transición post-priísta? Un teatro patético: una eterna representación donde se le pone un uniforme a un individuo y se hace creer al estimable público que es un policía; se pone una toga sobre las espaldas de otro y se hace creer al estimable que es un juez.

2. México/Bagdad

Los primeros vecinos rodean a los policías. Descubren las credenciales. Podrían ser falsas y si fueran verdaderas, deben de haber pensado, ¿qué garantía hay de que sus portadores no sean igualmente culpables de cualquier cosa? Sin considerar que en el barrio hay centenares de adolescentes enrolados en el negocio del menudeo de drogas y que las patrullas de la policía capitalina parecen ofrecer diversos servicios de seguridad a los diferentes clanes de delincuentes. Tláhuac expresa, con su aporte de brutalidad, lo que piensa la mayoría de los mexicanos: ¿qué razones, qué experiencias acumuladas existen para suponer que, normalmente, las instituciones de este país hagan lo que declaran hacer? ¿De dónde viene, si no, ese aire de cinismo ocurrente que es deporte nacional cuando se habla de política entre mexicanos? 

La histeria se difunde mientras los rumores se agigantan rebotando de una cabeza a otra, ancianas mujeres que parecen  erinias griegas, jóvenes borrachos que ven una posibilidad de desquite impune contra una autoridad que no merece respeto alguno, los más cercanos que se vuelven brazo vengador de los que presionan a sus espaldas, crueldad sin autocensura incluso frente a las cámaras de televisión que graban todo. Un sentido de impunidad generalizado, casi un aura de absolución de la turba que se cree pueblo mientras  dicta y ejecuta sus sentencias. Obviamente, de muerte. ¿Y la policía? No pudo llegar, había mucho tráfico.

3.  Marcelo Ebrard

Es el jefe de la policía capitalina e ilustra a los medios, de manera sosegada y sin despeinarse, cómo y por qué no fue posible salvar a dos policías que fueron torturados por horas a la luz pública, en directa televisiva, en plena ciudad y en lugar conocido. Un estilo post-priísta que reproduce los mismos encubrimientos de antes (como máxima expresión de responsabilidad institucional), la misma confianza sobre la corta capacidad de comprensión del oyente, el mismo nacionalismo al servicio de la idea que el jefe tiene siempre razón, con el añadido, ahora, de una pizca de zapatismo light. Uno escucha y, si no se cuida, corre el riesgo de olvidar que el "alto funcionario" que está hablando, con gesto mesurado y propiedad de lenguaje, gobierna una de las policías más corruptas en una de las ciudades más inseguras del mundo. Cosa que, aparentemente, no parece molestarlo a él, que explica con frondosidad de detalles por qué la policía, encargada de la seguridad de todos, no pudo salvar a dos de sus propios miembros. Antes, sólo los viejos priístas y los funcionarios imperiales de las dinastías Sui o Tang podían desplegar el mismo aplomo al decir disparates. Las viejas escuelas no mienten.

     Mismo Ebrard que algunos días antes declaraba la necesidad de contratar muchos más policías para la ciudad de México. Como si este fuera el principal problema, la cantidad, cuando es evidente a cualquiera que el mayor problema es la calidad de una policía que era vergonzosa con el PRI, fue vergonzosa con Cárdenas y lo sigue siendo con nuestro (autodenominado) "rayito de esperanza", después de siete años de gobiernos de izquierda en la Ciudad de México. En fin, del PRI al post-PRI (en versión perredista) y, del punto de vista institucional, casi lo mismo: la misma ineficiencia y los mismos encubrimientos. ¿Para qué sirve la izquierda? En el caso del alcalde, para dar más espacio al automóvil privado construyendo sobreelevadas imponentes, y, en el caso de su encargado de seguridad, para pedir la contratación de más policías. Pero, ¿cuántos agentes (pregunta, por cierto, extensible a políticos, jueces, etc.) necesita pagar la colectividad para tener la esperanza de que al menos uno entre ellos haga su deber? ¿Qué diferencia hay entre un "alto funcionario" de este tipo y el policía de tránsito de una esquina por donde paso todas las mañanas, que normalmente no está en su lugar y, cuando aparece, estorba la circulación. Cada uno hace daño en su propio ámbito.

4. Conclusión en cinco puntos

-En el último medio siglo, países como Chile o Uruguay, para limitarnos a dos casos, tuvieron explosiones institucionales devastadoras. México no, la "locura" del Estado la descontamos día con día, por pedacitos, con estallidos cotidianos de incivildad institucional.

-Cualquiera que gane las próximas elecciones, el priísmo ya ganó en el espíritu de realismo conservador del Pan y en circo popular del Prd, que pasa de las rigideces hieráticas (y de pensamiento) de Cuauhtémoc Cárdenas a las confusiones mentales de otro viejo priísta, López Obrador. Que gobierne la derecha o la izquierda, el descrédito institucional, la ineficacia, el alto costo y la frecuente deriva criminal de las instituciones son, en conjunto, nuestra fuente, trans-ideológica y persistente, de "barbarie" hecha  en casa.

-Habría que repetir la manifestación blanca contra la criminalidad. Podríamos encolumnarnos desde la noche anterior en serpentones humanos hacia Teotihuacán. Y llegados ahí, en sucesivas oleadas, pedir perdón y socorro a los dioses antiguos. Lo más probable es que Tláloc y compañía ni nos pelen, pero sería pedagógicamente conveniente descubrir por un día que estamos más seguros sin Estado (si es que pudiéramos dejarlo atrás) que con él cuidándonos. 

-México es el octavo exportador mundial y la décima economía del mundo. Pero, cuando se trata de confiabilidad y eficacia del Estado, caemos al lugar 54, 56 o por ahí. ¿Qué más se necesita para entender cuál es el principal talón de Aquiles de este país? 

-A menos que el futuro nos depare desastres inimaginables, parece difícil suponer que nuestro tiempo pueda ser considerado por la posteridad como una Edad del oro. La república pasó ciertamente trances más dramáticos, pero actualmente la presencia de políticos mediocres, ambiciones personales desatadas, instituciones corroídas por corrupción endémica e  irresponsabilidad política, además de las esperanzas frustradas de la transición, constituyen una mezcla inestable de desarrollos impredecibles. Tema que, en realidad, no importa a nadie: el objetivo es la presidencia en 2006. El resto es irrelevante.    

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