México: ¿El PRI después del PRI?

Ugo Pipitone

Principal
Curriculum
Elucubraciones
Ensayos
Libros

En la Cumbre Iberoamericana recién concluida en Salamanca (la número quince) se introdujo una modalidad nueva: dos foros previos, uno cívico y otro empresarial. La intención era obvia: reforzar las voces de la sociedad a los oídos de los gobernantes ahí reunidos. Haremos un rápido recorrido por algunos de los temas que a lo largo de un día de exposiciones y debate se agitaron en el Foro cívico entre sindicatos, ONG y redes de ONG, centros de estudio y asociaciones cívicas varias provenientes de diversos espacios iberoamericanos. De alguna manera, un espejo, si bien parcialmente deformado (por los límites de su propia composición y por las fallas de comprensión de este cronista), de aquello que se mueve en la realidad social latinoamericana y en la cabeza de sus observadores privilegiados.

Antes de entrar en mérito, algunas observaciones de contexto. La novedad de los foros previos a la Cumbre surge de un gobierno español que nos ha acostumbrado a las novedades. En rápida secuencia: la salida de las tropas españolas de Iraq, el matrimonio homosexual y el compromiso de aumentar significativamente los fondos destinados a la cooperación internacional. Más que suficiente para mandar en fibrilación a una derecha española que ciertamente no está entre sus congéneres más avanzados (cualquier cosa que esto signifique) de Europa.

Rodríguez Zapatero probablemente no tiene el carisma de Felipe González pero lo compensa con audacia política y un agudo sentido de derechos ciudadanos que requieren decisiones inéditas para su defensa e impulso. La izquierda española tiene hoy un líder pragmático que, sin hablar mucho, ha sabido reconocer lo que en diferentes momentos necesitaba convertirse en el peldaño de conciencias y acciones políticas de nuevo tipo. En la cabeza de la cooperación española al desarrollo (con rango de vice-ministro), una joven mujer de 29 años entregada con entusiasmo a su tarea. Las señales de cambio sobran.

Volvamos al Foro cívico de Salamanca. Una mezcla de ideas, sensibilidades, atenciones que busca un camino (común y diferente) entre moralismos a veces intelectualmente estorbosos y reductores de complejidad. En general, una necesidad de lo concreto aunada a cierto hastío frente a formulaciones ideológicas cargadas de verdades fuera del tiempo. Limitémonos a registrar seis territorios diferentemente recorridos.

 

•  Objetivos del Desarrollo del Milenio

Los objetivos del Milenio (con la rimbombancia hollywoodense frecuente en la diplomacia multilateral a últimas fechas) se están rezagando en América Latina. Vamos bastante más lentamente que otras partes del mundo en la reducción de la pobreza respecto a lo establecido en compromisos firmados con bombo y platillos. A pesar de las intenciones declaradas, América Latina sigue en el presente recorriendo su camino más frecuentado en la historia: crecimiento con desigualdad. Seguimos siendo -como casi todos los más de 60 participantes, incluido este cronista, sintieron la necesidad de recordar- la región más desigual del planeta, donde los ricos son exóticamente ricos y los pobres exóticamente pobres. Lo que no es grave sólo para el pasado y el presente sino también para el futuro. La pobreza (más de doscientos millones de seres humanos, un gigantesco déficit vivo de integración social) se "reabsorbe" más lentamente en las situaciones de elevada segmentación social.

Algunos participantes señalaron que los objetivos del Milenio no fijan estrategias, no establecen metas de reducción de la desigualdad, ni de abatimiento de la corrupción en la región; y sin reducir el peso específico de estos lastres sería como nadar con un brazo amarrado a la espalda. Sin embargo, otros mostraron que no es la tarea más fácil del mundo convencer, desde fuera, a un gobernante de que haga lo que no tiene intención o no está capacitado para hacer. No obstante todo, fijar objetivos globales es un paso adelante: un hecho para volver visibles los retardos en el cumplimiento de metas sociales estratégicas por parte de gobiernos específicos. Una forma para mostrar costos colectivos y, tal vez, producir cierta dosis de vergüenza nacionalista en gobiernos incumplidores puestos en evidencia en el escenario global.

2. ¿Una comunidad latinoamericana?

Alguien se preguntó: ¿existe realmente una comunidad latinoamericana? Obviamente no sería fácil pensar en una comunidad iberoamericana sin un fuerte constituyente latinoamericano. La respuesta es obvia en la cultura, en las lenguas, ¿lo es igualmente del punto de vista de proyectos concretos comunes? Desafortunadamente, no. Aparte el optimismo ritual (somos un subcontinente con grandes recursos e identidad) y el victimismo igualmente ritual (la nuestra es una inserción subordinada), el hecho concreto es que el Mercosur no pasa de ser una unión aduanera y el Plan Puebla- Panamá una bonita declaración de intenciones, o sea, una ocasión perdida. Y en ninguno de los dos casos puede achacarse la responsabilidad a malévolas conspiraciones imperiales. Los gobernantes latinoamericanos siguen sin entender lo esencial: hacia el desarrollo se va juntos en el largo plazo. Siguen sin asumir que la integración regional y subregional no es una forma para reverdecer mitos (bolivarianos o de otro origen) o para cumplir ejercicios oratorios de hermandad , sino para potenciar posibilidades concretas de desarrollo e interdependencia dinámica entre los países del área.

¿Es pensable en el largo plazo un Chile próspero entre una Argentina, un Brasil o un Perú en crisis de desarrollo? Si una respuesta positiva es altamente improbable, lo es también en cualquier otra combinación nacional. La cooperación regional es una herramienta insustituible de desarrollo que en la substancia, sin embargo, sigue sin activarse. Las enseñanzas de Asia oriental, o de Europa después de la segunda Guerra Mundial, siguen siendo letra muerta. Mucha cíclica palabrería y pocos hechos.

3. Instituciones que no ayudan

Alguien más recordó que no todas las desgracias vienen de fuera: la debilidad de las instituciones es un hecho endógeno que a veces toma la forma de ingobernabilidad y siempre carga con una fragilidad fiscal que impide convertir las intenciones (cuando existan) en hechos. Entre gobiernos cuya respetabilidad depende del conservar las trabazones sociales construidas alrededor de una baja tributación y el síndrome por el cual "si no creo en las instituciones no pago impuestos", se construye un eficaz círculo vicioso. La no credibilidad social de las instituciones resta fuerza a su capacidad para instrumentar reformas fiscales serias, una incapacidad que, a su vez, alimenta la poca credibilidad institucional. Otros complementaron sosteniendo que la escasa dignidad de las instituciones (a lo que corresponde una baja capacidad de acción colectiva permanente de las sociedades) es un obstáculo determinante de un desarrollo capaz de integrar la sociedad en lugar de agudizar segmentaciones antiguas en interminable reproducción y renovación.

Este cronista, tiene la imagen de su barrio en la periferia de la Ciudad de México con carteles por doquier que indican la prohibición de estacionarse, mismos que adornan aceras atestadas de carros. La simulación institucional como norma no escrita de gobierno. Cuando la política es de baja calidad en países cuya población considera (con razón) a partidos y policía en el mismo grado de (muy baja) honorabilidad institucional, es evidente que algo está muy mal en el corazón de las sociedades latinoamericanas. Una rémora antigua y tenaz. La economía, evidentemente, no es todo.

4. Calidad de la educación

Otros, y fueron varios, insistieron en las deficiencias de calidad de la educación pública. Entre ellos, una representante dominicana que lleva al foro lo dramático del racismo ejemplificado por recientes agresiones mortales en la frontera entre su país y Haití. Siguiendo una línea de crítica a la retórica oficial que oculta lo incómodo y todo lo envuelve en la autocomplacencia, se llega a la calidad de la educación pública; a las devastaciones (¿de qué otra manera llamarlas?) producidas por la simulación institucional de que detrás de un título haya un individuo realmente capacitado. Una grave separación entre forma y substancia, entre estadísticas oficiales y realidad.

Otros más añaden: una mala enseñanza pública es una trampa para la movilidad social. Una buena educación privada puede ser útil para un país, pero ciertamente no es un factor de integración ni, mucho menos, de movilidad social entre las generaciones. El título de estudio como una forma irresponsable de populismo, un engaño (en forma de promesas que no podrán cumplirse) a los jóvenes y sus familias. Una estafa institucional con consecuencias dramáticas sobre la vida de las personas.

5. Incorporación de derechos

Reverdeciendo el jusnaturalismo, algunos recuerdan que el desarrollo es un reconocimiento de derechos individuales y colectivos. Un descubrimiento y construcción, al mismo tiempo, de nuevos espacios y oportunidades de vida. ¿No es esto, en el fondo, aquello que, con mayor o menor ingenuidad, nuestros abuelos llamaban "progreso"? En ese sentido, coherentemente, otro participante señala la pobreza como una privación de derechos humanos; una negación colectiva de humanidad individual; un retardo civilizatorio. Y añade un par de ideas que seguirán diversas atenciones en el foro: los pobres no pueden ser objeto de benevolencia e iniciativas de otros; necesitan participar para gobernar. Lo que, naturalmente, es más fácil postular que concretar. La otra idea es igualmente importante: la agricultura sigue siendo la base de la pobreza. La madre de todas las pobrezas, no sería descabellado pensar. Y ese participante-cronista, mientras escucha, no puede sino reproponerse nuevamente su antigua convicción: no hay casos de desarrollo industrial con integración social sin transformaciones agrarias productoras de mayor productividad y mayor bienestar rural. Y sin embargo, a pesar de una evidencia histórica que más contundente no podría ser, las intervenciones institucionales en la agricultura latinoamericana son normalmente esporádicas y, cuando va bien, asistenciales.

Sin mencionar el asalto a la biodiversidad, la deforestación y el uso masivo de fertilizantes y plaguicidas que envenenan tierra y aire, la soya transgénica del Mato Grosso ciertamente produce efectos positivos en la balanza comercial brasileña; ¿produce efectos similares en las condiciones de vida del universo rural?

6. Nuevas responsabilidades

Otra idea hace acto de presencia en el foro: la cooperación internacional como extensión de los sistemas fiscales nacionales. Aún a riesgo de caer en la retórica es difícil no percibir aquí una extensión del sentido de responsabilidad. Que España esté entre los primeros en percibir las tareas del futuro, donde las fronteras nacionales serán menos determinantes que en el pasado, provoca una especie de orgullo soterrado. Como si las devastaciones del Prestige hubieran agudizado y ampliado nuevos sentidos de fragilidad y, positivamente, de responsabilidad global. El gobierno español, como recuerda una representante de las CCOO, se ha comprometido, a través de diversas etapas intermedias, a alcanzar el fatídico 0.7% del PIB en ayuda al desarrollo para 2012. Una realidad de solidaridad global cumplida hasta ahora por los países escandinavos y pocos más. Que una mayor percepción de responsabilidad global venga hoy de un gobierno de izquierda es un anuncio positivo en la dirección de una renovación cultural esencial y, como siempre, sin garantías de éxito.

Eso, y más, hubo en el Foro cívico del que hemos hecho aquí una crónica somera: se habló de la falta real de voluntad de cambio de la clase dirigente latinoamericana y de su débil sentido de urgencia, de los daños civiles que provienen de una legalidad sin sólidas bases materiales de legitimación social, y también de un "continente rico empobrecido por la dependencia" (lo que suena peligrosamente a autoabsolución).

Queda a este cronista post factum la percepción aguda de la propia escasa curiosidad intelectual: haber tenido cerca tantas expresiones de una Iberoamérica que van de la embajadora especial para los derechos humanos del gobierno español al representante de la asociación brasileña de ONG, de la representante del comité latinoamericano y caribeño para la defensa de los derechos de la mujer al delegado de la UGT portuguesa y haber hecho un número tan escaso de preguntas -en parte por timidez y en parte por la esclavitud de los tiempos oficiales- no llena de orgullo a este cronista.

Concluyamos. ¿Cómo saber si los presidentes y jefes de gobierno reunidos en Salamanca habrán leído el Manifiesto de las Organizaciones de la Sociedad Civil , ni si habrán entendido lo que las palabras no muestran con suficiencia? El día en que los gobernantes entenderán que cada vez que un guardia carcelario extorsiona a un recluso, cada vez que un policía o un juez incumple (o viola) la ley, cada vez que por, falta de recursos fiscales, algunos millones de pobres tienen que asumir la carga de serlo más, es su propia decencia institucional la que está en entredicho. Tal vez los gobernantes no puedan prometer el desarrollo pero deben comprometerse, por lo menos, a que las instituciones que encarnan no sean un reducto de malversadores, corruptos y merolicos electorales. Hic Rhodus, hic salta , dirían San Pablo y Marx.

Cada vez que se infligen dolores históricamente prescindibles a muchas decenas de millones de seres humanos, el gobernante, conjuntamente con la sociedad que gobierna, debería sentir la vergüenza frente a culpas de las que no es virginalmente inocente. ¿Habrá servido para algo el cahier de doléances presentado en Salamanca en lenguaje sobriamente burocrático? ¿Habrá servido para que políticos y gobernantes perciban la urgencia de políticas mejores, más consensuadas y más proyectadas al largo plazo? Personalmente lo dudo. Pero en Salamanca no se hizo, me atrevo a creer, un trabajo inútil: se estableció el antecedente que en futuras ocasiones, a partir de Montevideo el año próximo, podrá, tal vez, penetrar de un nuevo sentido de urgencia social a políticos que demasiado a menudo dan espectáculo público de inopia intelectual y de escasa voluntad de mirar más allá de las próximas elecciones. La vieja conseja recita así: todo pueblo tiene el gobierno que se merece. No sé si ha sido cierto alguna vez, pero una cosa es cierta, las sociedades latinoamericanas se merecen gobiernos mejores.

Registremos al margen la muy escasa atención mediática (en España y muy probablemente en América Latina) a este primer Foro cívico. Evidentemente los gobernantes latinoamericanos no están solos.

arriba

Otros artículos:

¿Tláhuac o México?
México, fin de año
Olas del Índico
Economia Abierta y Política Cerrada
Kioto en cuatro escenarios
México
Juan Pablo II
Cualquiera
¿El PRI después del PRI?
El primer Foro Cívico Iberoamericano

Principal • Curriculum • Elucubraciones • Ensayos • Libros