México: ¿El PRI después del PRI?

Ugo Pipitone

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ElJóvenes (mayoritariamente) multimillonarios en calzoncillos que corren detrás de una pelota y desencadenan pasiones y angustias en millones de personas; cámaras de televisión que no pierden ni un suspiro de los 22 jugadores en campo; aludes de publicidad en que refrescos, cervezas y papas fritas identifican, en una especie de nazismo light , el fútbol con la nación y, finalmente, la globalidad de todo el asunto: millones de personas pegadas a la televisión en Togo, Bélgica, etcétera. Y la sensación de un futuro que ya llegó: una especie de 1984 mediático-deportivo. Un circo romano global. El reality del mundo: ¿resucitó Ronaldo?, ¿qué pasa con Beckham? ¿Zizou ya no puede? y similares dudas cósmicas.

Vendrían ganas de establecer una correlación entre entusiasmo futbolero y PIB per capita de los países que envían su “selección” al Mundial. Y, casualidad, suerte o diseño divino, Estados Unidos ganaría otra vez. La mayor excitación futbolera corresponde a menores ingresos per capita: una banalidad dramática. Pero evitemos moralismos e hipocresías que toman la forma de declaración de extraneidad frente a esta batahola de la pelota. Para poner las cartas en la mesa, este escribidor necesita confesar que en él también opera (en forma atenuada, bondad divina) el ciclo cuatrienal de la fiebre futbolera. Con cierto grado de vergüenza íntima y como rebrote involuntario de las propias pertenencias tribales. Por cierto, ¿cómo no sufrir cuando uno tiene simpatías (para decirlo púdicamente) hacia los equipos de Italia y México? Pero dejemos a un lado un tema sobre el cual podrían llenarse bibliotecas bajo la F de frustración.

Difícil sustraerse a la magia simbólica del asunto. ¡Qué mundo maravilloso si el fútbol fuera el gran circo mundial para verter en el juego (antigua sabiduría de Fourier) gran parte de agresividades, prejuicios, tribalismos primarios, necesidades de líderes guerreros y compensaciones varias! Por desgracia, el fútbol no es suficientemente fuerte y persiste la guerra como arcaico y vigente instrumento para arreglar conflictos. El fútbol que ya es demasiado poderoso no lo es a suficiencia. Y uno no sabe si lamentarlo o regocijarse.

Hagamos a un lado la obsesiva repetición del molde equipo-nación y todo el reciclaje involuntario de parte de los comentaristas deportivos, de prejuicios, estereotipos e infaltable glorificación del ganador, del que se descubren post factum virtudes insospechadas. ¿Hay algo mejor que la victoria para demostrar que el vencedor la merecía? Durante la crónica de un partido en que juega un equipo africano, el locutor anota que, asombrosamente, los negros toman más agua en las suspensiones que sus contrincantes blancos. Evidentemente pensaba que eran camellos. Pero esto no es lo peor. Lo peor es usar el balón para explicar el mundo. A veces ocurre y es una zarabanda de metáforas y alegorías entre dobles y triples saltos mortales acompañados de un gracioso, por ligero, abandono de cualquier sensatez (que, de suyo, no es una virtud sublime aunque fastidiosamente necesaria). Y es obvio que si uno no se cuida corre el riesgo de comenzar a ver en el fútbol una imagen a veces invertida, a veces deformada y otras absolutamente fiel, del mundo y sus inagotables posibilidades combinatorias. Donde “mundo” puede estar por vida, historia o lo que sea.

 

Pero, en el fondo, ¿por qué no? Como en cualquier juego en que las reglas, a menudo, se imponen en medio de la casualidad, es casi inevitable que uno construya en su cabeza puentes interpretativos que van del fútbol a la historia y de ahí, dependiendo de quien se trate, a la mística, a las “lecciones de vida” y de regreso al fútbol y así sucesivamente. Bolas de jabón que se forman y se apagan en pocos instantes en una absurda búsqueda de reglas universales a partir de la pelota.

Uno sabe, o supone saber, que en el fútbol no se manifiesta el espíritu de las naciones, pero...viendo al equipo coreano, es imposible no ver la tozudez, aun sin grandes personalidades, y esa decisión íntima de cada uno de los jugadores de no ceder. ¿De qué clase de orgullo colectivo sale esa actitud o de cuáles sentidos de responsabilidad interiorizados en los siglos? Tal vez no podría haber sido de otra forma teniendo los coreanos a China como vecina y Japón en casa por medio siglo. Y es difícil dejar de pensar que estos jóvenes coreanos, que persiguen la pelota como si se les fuera la vida en ello, son la última generación de un país que en el último medio siglo ha multiplicado su PIB per capita en 19 veces en términos reales (México: tres veces). ¿Estoy viendo una parte de esta historia mientras los veo jugar? ¿Cómo saberlo?

Después puede ocurrir que uno vea al equipo italiano y es la repetición de un sufrimiento antiguo: nunca saber si, con todo y poderoso ejército de personalidades, la squadra sucumbirá frente al vigor de los adversarios ( Remember the Alamo , suena aquí como Remember Corea ), a los excesivos maquiavelismos tácticos del estratega en turno o a las dos cosas. Por alguna misteriosa razón, los equipos italianos tienen con cierta frecuencia grandes talentos individuales y un tacticismo exasperante que les impide expresarse. Y, otra vez, del fútbol la cabeza tiende a escaparse hacia una antigua historia nacional. Pero, afortunadamente, no hay tiempo, hay que sufrir en el presente.

¿Qué decir del equipo mexicano? A uno vendrían ganas de medir toda la inconmensurable distancia entre la idea del grupo y su realidad. ¿Cómo explicar una tan antigua tradición comunitaria con tan escaso sentido de grupo? Y ya lanzado al delirio metafórico uno comienza a pensar si el escaso espíritu colectivo (compensado por montañas de retórica) no sea la versión futbolera del hecho que México es uno de los países con peor distribución del ingreso en el mundo. Hecho sabido y recontrasabido pero que es suficiente olvidar por un instante para perder algo esencial de una segmentación antigua (y anterior a la conquista) que sigue reproduciéndose mientras canta las loas de una unidad simbólica. Pero, llegados a este punto, lo más sensato es detenerse. El juego de las metáforas histórico-futboleras conduce casi inexorablemente a la trivialidad. Punto.

Que gane el mejor en esa chocante y entretenida, medieval y global, justa futbolera. La única duda consiste en saber qué quiere decir “el mejor”. Si la historia fuera la confirmación terrenal de la justicia, hace tiempo Holanda debería haber ganado por lo menos dos o tres mundiales y hasta hora, nada.

Post scriptum

Este fin de semana los italianos tendrán que escoger entre el sí o el no a una reforma constitucional propuesta por Berlusconi. Es casi suficiente pronunciar el nombre para saber que si alguna verdad existe en el mundo, no está cerca de él. Probablemente lo único bueno que tiene la propuesta de reforma es el nombre, “reforma”; por lo demás es una bastante vergonzosa amalgama de ambiciones bonapartistas mezcladas con la “Padania” que presenta la cuenta. Berlusconi representa una ventaja, simplifica el mundo: uno sabe, más o menos, donde situarse después de verlo. Antes, según el Cavaliere , la mitad de los italianos eran “coglioni” (pelotudos, huevones), ahora acaba de informar que aquellos que votarán no a su propuesta de reforma constitucional son unos “indignos”. ¿Qué puede uno decir? Pero la insensatez del adversario nunca es buena razón para regocijarse en la propia sensatez. La Constitución del ‘48 (como la del ‘17 en México) requiere una obra seria de restauración que necesita pasar por reflexión y debate.

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